lunes, 16 de septiembre de 2013

Acoso moral: Cada vez más conectados, cada vez más solos


 

Acoso moral: Cada vez más conectados, cada vez más solos

 

 
La psicoanalista francesa Marie-France Hirigoyen, conocida por su categorización de las relaciones disfuncionales en El acoso moral, advierte en su obra Las nuevas soledades sobre una paradoja visible en las sociedades actuales, donde los individuos participan de una mayor interacción social y al mismo tiempo se perciben cada vez más solos.
 
La autora sostiene en su obra -escrita en 2009 y relanzada en estos días por el sello Paidós- que este fenómeno ha sido disparado por una intensa mutación (todavía en curso) en las relaciones entre hombres y mujeres, quienes reaccionan de manera distinta frente a la nueva configuración de la soledad.
 
Hirigoyen aclara que no toda clase de aislamiento es agobiante, ya que a veces puede funcionar como fuente de inspiración: la soledad escogida -indica- sin dejar de estar disponible para el otro, es una fuente de plenitud, un medio de salir de la superficialidad de una sociedad dominada por el narcisismo y el culto a los resultados.

"Quienes han elegido la soledad son más exigentes sobre la calidad de las relaciones que mantienen con los otros. Frente a un mundo en el que las relaciones humanas tienden a reducirse al trabajo y al sexo, se han desarrollado nuevas formas de sociabilidad, distintos modos de relación más íntimos, de solidaridad, de amistad: relaciones desinteresadas, sólo por el placer de estar juntos", afirma.
 
Hirigoyen ha hecho aportes notables al conocimiento de una serie de fenómenos sociales propios de las sociedades modernas. Fue la creadora del concepto de “acoso moral” -una definición que dio la vuelta al mundo- y su ensayo homónimo, publicado en 1998, vendió 450.000 ejemplares en Francia y fue traducido a 24 idiomas y tuvo dos secuelas ensayísticas, dedicadas al acoso moral en el trabajo y la violencia en la pareja.
 
En Las nuevas soledades, la psicoanalista indica que la soledad es una de las enfermedades más sigilosas de la era moderna y una de las menos conocidas, toda una paradoja para un tiempo en el que las interacciones entre individuos son cada vez más constantes y complejas.
 
"En el siglo XVIII se asistió al surgimiento del amor romántico, que se presentaba como un amor `feminizado`. Desde entonces, la gente se casa con más frecuencia porque se ama, se pone por delante el amor y, si es posible, el «gran amor»", afirma la autora.
 
"A partir de la década de 1950, el modelo burgués del matrimonio pasó de un contrato que unía a dos familias para asegurar la descendencia y el reparto del patrimonio -sin obligación de vínculo amoroso- a una obligación de intimidad y de amor", rastrea Hirigoyen.
 
La ensayista indica que esta noción se transformó a partir de la década del 90 con el cuestionamiento hacia el hábito del casamiento. "La institución ya no es el matrimonio, sino el amor; los sentimientos se sitúan en adelante en el centro de la relación...La exigencia de este amor debilita la pareja, porque si la relación se construye sólo sobre sentimientos, es difícil que aguante el paso del tiempo", dictamina.
 
Esta sobreexigencia se ve complicada por el crecimiento del individualismo y las actitudes narcisistas en las sociedades contemporáneas, donde el amor colocado en el centro de la relación "no es la mayoría de las veces más que un amor narcisista: amo a esta persona porque amo la imagen de mí mismo que él o ella me devuelve".
 
"Esta sobrevaloración del amor es la más de las veces una reacción frente a un mundo individualista al que le resulta difícil adherirse plenamente. Se puede ver en ello, en cierto modo, un anhelo de autenticidad y de verdad frente a la mentira y el cinismo: es un medio para reanudar el vínculo con una sociedad que nos defrauda", señala.
 
Para Hirigoyen, los cambios en el mundo del trabajo han destruido la dimensión comunitaria que se podía experimentar en la vida profesional.
 
Cuando uno no es más que un peón en el trabajo, un ser anónimo en una sociedad que se ha endurecido, cuando se tiene el sentimiento de no ser tenido en consideración en ninguna parte y no se consigue inventar nuevas formas de sociabilidad al margen de las relaciones de pareja, "al menos cabe la esperanza de ser único como mínimo para una sola persona."
 
La ensayista relativiza los alcances del amor en una sociedad que describe como débil en el sentido de compromiso (“yo te amo” significa “te amo en este momento”) y postula que en definitiva el verdadero problema no es el encuentro, sino la duración de la vida en común.
 
Más adelante, sostiene también que la vulnerabilidad de los hombres es lo que los lleva a preferir la vida en pareja ya que les otorga seguridad, una conquista nada despreciable en un mundo que les inculca -aún- a los varones el mandato de ocupar un papel dominante y no dudar de su poder.

Fuente: Telam Cultura
 



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